Me llamo Rubén. Tengo sesenta y cuatro años y vivo en las afueras de Copiapó desde que tenía treinta y cuatro. Antes viví en otros lados — en Vallenar, un tiempo en Antofagasta, incluso un año en Santiago que prefiero olvidar. Pero fue acá, frente a esta pampa, donde me quedé. No fue una decisión que tomé un día. Fue algo que simplemente ocurrió, como ocurren las cosas importantes.
Entré a la minería por necesidad, como casi todos. Mi padre había trabajado en la mina, mi abuelo también. Uno no elige eso, uno nace en eso. Pasé veintidós años bajo tierra o cerca de ella, respirando polvo, volviendo a casa con las manos negras. No me quejo — me dio de comer, me dio a mis hijos. Pero cuando me jubilé anticipado por un problema en la espalda, lo primero que hice fue salir a mirar el cielo. Y ya no paré.
Cada mañana me levanto antes que el sol. No uso despertador — mi cuerpo ya sabe. Salgo con un termo de café, camino unos doscientos metros desde la casa hasta una piedra grande que llevo años usando como asiento, y espero. El cielo en el Atacama antes del amanecer es algo que no se puede explicar bien. Hay un momento, justo antes de que aparezca la primera luz, en que todo es azul. Un azul tan oscuro que parece negro. Y después, en cuestión de minutos, ese azul se va abriendo hacia el naranja, hacia el rojo, hacia el amarillo. Es como ver nacer el mundo todos los días.
Mi señora al principio me decía que estaba loco. "¿Para qué madrugas si ya no tienes que ir a trabajar?" Después de unos años empezó a entenderlo. Ahora a veces me acompaña, aunque ella prefiere quedarse más abrigada y me espera con el desayuno listo cuando vuelvo. Tenemos un acuerdo no hablado: ese rato de la mañana es mío.
Lo que más me ha enseñado el desierto es que nada es igual dos veces. La gente cree que el desierto es siempre lo mismo — piedras, polvo, silencio. Pero yo llevo treinta años mirando el mismo trozo de pampa y todavía me sorprendo. El viento cambia la forma de las dunas. Las nubes, cuando hay, pintan sombras distintas sobre la tierra. En invierno la luz es más fría, más azul. En verano quema desde temprano. Y en algunas mañanas de marzo, cuando hay humedad, aparecen flores diminutas entre las piedras que nadie siembra y nadie riega. El desierto florece solo, cuando quiere, como para recordarte que está vivo.
Mis nietos me preguntan si no me aburro. Les digo que no, que el que se aburre es porque no sabe mirar. En la ciudad todo se mueve tan rápido que uno deja de ver. Acá, en cambio, hay que tener paciencia. El desierto no te da nada a la rápida. Pero si esperas, si te quedas quieto y callado, te lo da todo.
No sé cuántos amaneceres me quedan. Nadie lo sabe. Pero mientras pueda levantarme y caminar hasta esa piedra, voy a seguir yendo. Porque cada mañana el desierto me recuerda que el día que empieza es único, que no va a volver, y que vale la pena verlo nacer.